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Articulos ////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////////// EDICION NOVIEMBRE-DICIEMBRE 2010

vivir

¡QUÍTESE TODA LA ROPA!

Llamo a Neoplásicas y una amable mujer me responde al otro lado del teléfono.
Buenas tardes señorita, quería saber cómo hago para una consulta porque tengo una mamografía y parece que tengo cáncer.
Venga mañana a las 8, se acerca a la ventanilla de pacientes nuevos para que le hagan una historia y de ahí la van a mandar con el especialista.
¿No es necesario que madrugue? Dicen que a Neoplásicas hay que madrugar para alcanzar cupo.
No es necesario, viene usted a las 8 de la mañana y la van atender.

Es la primera vez que ingreso al local de Neoplásicas y la infraestructura me parece acogedora,pero a medida que voy avanzando me encuentro con el rostro verdadero del hospital: enfermos desvalidos y también enfermos de buen talante, que sonríen mientras conversan.

Delante y detrás de mí todos pugnan por llegar a la ventanilla de atención y cada quien ha madrugado más temprano que el otro, y yo llegué pocos minutos antes de las ocho y estoy delante y detrás de los que se amanecieron. No sé si tuve suerte, pero la cola es corta y todo fluye muy rápido.

Con el ticket en mano y una cartilla que es mi historia, me derivan a una puerta que tiene un rótulo que dice TRIAJE. Entrego los papeles y la enfermera que me atiende me dice que ya me llamarán.

Estoy ansiosa y asustada por saber qué me dirán cuando se abra y se cierre esa puerta, pero estoy segura que tengo cáncer, pero también abrigo la esperanza de que mi interpretación vía Internet sea errada.

Abren la puerta y dicen mi nombre. Ingreso a una salita pequeña donde hay una camilla con una sabana blanca y sin más la enfermera me ordena que me quite toda la ropa.
Pero porqué toda la ropa si yo vengo por un problema en el seno, refuto.

Lo sé, pero usted tiene que quitarse la ropa para que el médico la examine.

Pero que me examine el seno. Yo no me voy a quitar la ropa.

Terca y porfiada, solo me quito la blusa y el sostén, y me quedo parada. Insisto en no desnudarme, que me parece absurdo. Me suena a ese chiste famoso del dentista que le dice a la chica bella (no es mi caso) que se quiete la ropa para revisarle la muela.

La enfermera pierde la paciencia y me urge a desvestirme, que el médico no me atenderá y que voy a perder la cita.

Nada me convence. En ese tira y afloja llega el médico, un señor viejo de mandil percudido que se extraña al verme parada cubriéndome los pechos con la bata que me han dado. La enfermera le cuenta que no quiero quitarme la ropa y el médico, más convincente, me da razones.
Tenemos que examinarle todo el cuerpo para saber si no hay problemas en otros órganos.

Entonces entiendo, pero me extraña no ver aparatos que escaneen mi cuerpo.
Me subo a la camilla, desnuda como querían, y me hacen estirar las piernas como si se tratara de una inspección ginecológica. Muerta de vergüenza abro mis extremidades y el médico, sin decirme nada, introduce su dedo por mi recto.

En ese momento no entendí nada, pero luego supe que el tactorectal en mujeres es para complementar el tacto vaginal y problemas anorectales, y en los hombres para descartar cáncer de próstata y también problemas anorectales. ¡Están advertidos!

 

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