Testimonio



Empezaba un nuevo año y,  como nunca, estaba decidida a darle un giro a mi vida.
– Este tiene que ser diferente– repetía mientras me comía las doce uvas.
No sabía cómo sería ese cambio, pero confiaba en que lo rutinario  tendría que terminar. No pasaron ni cuatro meses  del inicio del 2006, mi pretendido "año nuevo vida nueva", cuando una mamografía me puso en vereda. ¡tenía cáncer! Obviamente,  no era el cambio que buscaba, pero el maldito tumor era el regalo que jamás esperé.
Siendo una mujer de más de cuarenta años, pude haber estado atenta a los riesgos que la vejez trae a la salud, pero no fue un tema que me importara. O, mejor dicho, era un asunto que mi chip personal jamás había registrado.  Por ello  nunca reparé –vaya  periodista desinformada– en la bolita  dura que yacía en la parte baja del seno izquierdo. Es más, creía que esa piel hundida era un defecto de nacimiento que recién, a estas alturas de la vida, descubría frente al espejo.
Ni defecto,  ni una "simple bolita dura": ¡era cáncer! Prendido sobre mi pecho como un cangrejo,  jalándome y hundiendo  la   piel a medida que iba creciendo. Y tal vez, al jalonearme o al crecer, sus “mordiscos” me generaba picazón,  su toxicidad me quemaba, y sus “garras” me punzaban.  Eso, en ninguna parte del mundo era normal, así es que, por propia decisión, corrí a hacerme la mamografía.
Al leer los resultados no percibí nada alarmante puesto que el diagnóstico decía: LESIÓN. ¡Ah, claro, una lesión, un daño, un golpe, quizás una herida interna! Para qué asustarse si hace poquito había estrellado mi pecho contra  la puerta de la sala al regresar corriendo a mi habitación, huyendo de la oscuridad y de mi miedo, de ese miedo que me hacía ver almas, demonios  y fantasmas desde cuando era pequeña.
Pero aquella “lesión” no era lo que yo suponía. En términos oncológicos,  “lesión” significaba malignidad.
A la par de la mamografía, por mala coincidencia, también tenía una ecografía del útero. Dos años antes me habían diagnosticado  miomas y alguien me había comentado que los miomas se volvían cáncer. Con el dolor creciente en la zona pélvica y el miedo al cáncer, acudí donde el ginecólogo para consultarle si debía operarme.
– Claro, esto hay que operar, porque luego puede complicarse– me dijo.
– Pero doctor, tengo también esta mamografía cuyo diagnóstico es una lesión, no sé cuál priorizar,  porque en  el seno siento molestias.
– Obviamente hay que tratar los miomas, lo del seno lo vemos después.  Esa lesión es un tumor, lo sacamos aquí mismo en el consultorio y lo mandamos para que lo analicen. No necesitamos quirófano porque es un procedimiento muy sencillo, así es que no se preocupe. Primero vemos los miomas y después el seno.

Algo me dijo estaba tratando con un imbécil.  ¿Cómo podía un ginecólogo –a donde todas las mujeres  recurren  para consultas de mama– no saber el diagnóstico que había arrojado la mamografía? Y, peor aún, ¿cómo podía sacarme el tumor en el consultorio? ¡No podía concebir que mi seno, que externamente lucía sano, pudiera ser cortado en un espacio donde no había ningún equipo médico que me garantizara seguridad!

Pese a esa percepción, el ginecólogo y yo  convenimos en que él se encargaría de la histerectomía. Me cobraría “solo” cinco mil soles  porque “aquí te va a salir muy caro”, me aclaró. Con el acuerdo verbal de por medio, salí del consultorio (era la sede distrital de una reputada clínica limeña) con más dudas que certezas, de manera que la decisión final la tomaría conociendo la grandiosa clínica donde todo sería baratito. Acudí a ella y fue suficiente mirar su fachada para librarme de tamaña barbarie.

Cogí el teléfono y le dije  que ya no me iba a operar de los miomas,  que había decidido solucionar primero la lesión del  seno.
– ¡Pero usted no me puede hacer esto, ya separé la clínica para el lunes, ya contraté al anestesista, todo el personal está disponible para ese día!

Un profesional idóneo y moral no tendría que  haberme arrastrado a esta circunstancia, pero él parecía no estar dispuesto a perder sus cinco mil soles, así es que me citó a su consultorio en un hospital de la seguridad social de La Molina  para  convencerme.

– La espero al mediodía para conversar y explicarle–  me dijo  con la cordialidad de quien no quiere perder  la cabra ni la soga.
 No debí haber ido, pero  fui. Trató por todos los medios de quebrar mi decisión, pero al ver mi estoicismo me pidió una “reparación civil”. Fui yo quien se sintió avergonzada al extenderle los 300 soles relucientes que corrí a retirar del cajero. En el camino, de regreso a casa,  no dejé de torturarme por ser tan boba ante un canallesco rosario.
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Tras consultar con otro ginecólogo sobre el estado de mis miomas, la situación estaba clara: los miomas eran pequeños, no había sangrado y, por tanto, ningún peligro.
– Usted dedíquese a curarse del seno y hágalo ahora mismo. Tiene un tumor que debe ser analizado de inmediato– me dijo casi con compasión un veterano ginecólogo.

Apenas llegué a casa, cogí el teléfono,  marqué el 103 y pedí el número de Neoplásicas. Al día siguiente, a las siete de la mañana, estaba en el hospital haciendo la cola para  tramitar mi historia y pagar la consulta. Tras cancelar las tasas establecidas, me derivaron a la sección de Tumores Mixtos, donde una fila de mujeres aguardaba apiñadas su turno. Apenas vi un espacio vacío corrí a sentarme, y desde esa posición mis ojos percibían  todos los extremos de la enfermedad,  y mis oídos escuchaban todas las historias que las pacientes se contaban entre si. Y yo estaba ahí sin darme por aludida.

En verdad no era consciente de lo que me esperaba, hasta que unos minutos después, tras conversar con el médico, estaba frente a una realidad jamás imaginada.
– Parece que es cáncer, pero también puede no ser– me dijo el oncólogo  tras visionar las placas mamográficas.

 Con una jeringa  provista de una aguja gruesa pinchó el tumor y extrajo una pequeñísima muestra de una materia  y la vació sobre dos pequeñas láminas de vidrio.

– Esto va a patología y entonces recién sabremos si es cáncer o un tumor benigno–  dijo el médico.

Tres días después el diagnóstico decía:  CITOLOGÍA CARCINOMA.
Obviamente,  no hice patatús ni nada parecido porque esos términos no me sugerían nada, pero el oncólogo me puso en autos.
– ¡Es cáncer!
Me quedé en silencio, creo que en shock.
– No se preocupe, la vamos a curar.
 Esa frase, lejos de ser lapidaria,  fue aliviadora, humana, cálida, esperanzadora.
– ¿Tiene seguro oncológico?
– Si, doctor

Recién entonces me acordé que tenía un seguro oncológico.
–Entonces la vamos a operar en la clínica del hospital. Usted hable con su bróker, tramite su carta de garantía y me avisa. Esta es mi tarjeta, me llama y coordinamos.
 Mi seguro oncológico no me cubría en ninguna de las tres clínicas donde este amable cirujano trabajaba. Lo sentí como una  adversidad, pues este médico me había parecido buena gente, amigable, atento, dispuesto a socorrerme no solo con sus conocimientos, sino también con su  cordialidad.

Devastada, comencé a buscar otras alternativas, hasta que llegué a una clínica donde fui admitida.  Pasaría por el consultorio de Mastología, una especialidad de la que recién supe a raíz de esta enfermedad, cuando la señorita que me entregó la mamografía me dijo que tenía que ir con el mastólogo para saber el resultado.
– ¿Mastólogo? ¿Qué es eso?
– Es  el especialista  en senos– me respondió.
Con esta nueva palabra en mi vocabulario, me presenté en la clínica y pedí que me pusiera en manos del mejor mastólogo.

– Tenemos tres médicos y los tres son muy buenos.
– Pero recomiende uno, por favor.
– No podemos hacer eso.

Entre esos tres médicos figuraba el nombre de una mujer. Una doctora, por ser mujer, tendría más sensibilidad con el caso de otra mujer, así es que pedí ir con ella.
Era el consultorio 305.
A las cinco y media, bastante atrasada, una doctora de mediana estatura y relativamente joven,  irrumpe en el consultorio. Inmediatamente, tras ella, ingresa la secretaria llevando las historias. Un par de minutos después  escucho mi nombre.  Me pongo de pie a la velocidad de un rayo y casi a saltos mi hermana y yo traspasamos la puerta.
Tras el saludo de rigor,  la doctora  pregunta por qué estoy ahí.
– Me han diagnosticado cáncer, doctora. Aquí traigo el resultado de la biopsia.
– Te veo sonriente, qué  bueno que estés tranquila.
Y yo sonrió más.
– Es que ya llevo quince días con esto, como que lo he asumido, pero ya quiero que me operen.
– Eso vamos a hacer, pero necesito que pidas una muestra de la biopsia para mandarlo a patología y saber qué tipo de cáncer es y en qué estadío está. Recién ahí podré determinar qué tipo de operación es la que debo hacerte. Es decir, veremos si te saco el seno o solo retiramos  el tumor.

Dos días después el análisis de patología decía:
RECEPTOR DE ESTRÓGENO: NEGATIVO
RECEPTOR DE PROGESTERONA :  POSITIVO (3+)
CERB-B2: POSITIVO (3+)
DIAGNÓSTICO: CARCINOMA DUCTAL INFILTRANTE
La doctora revisa el informe, y su preocupado rostro delata que las cosas no están bien.
–¿Qué pasa doctora?– pregunto alarmada.
– A ver,  el cáncer que tienes es agresivo, tiene tres positivos (3+). Es un cáncer HER2, es el más agresivo, y eso me preocupa.

Entonces la valiente mujer que fui hasta entonces se deshace en llanto. Mi hermana  resiste, por tanto es ella quien hace las preguntas de rigor. Yo lloro, lloro y lloro…

– A ver, no te aflijas. Si bien tienes un cáncer HER2, que es un cáncer agresivo, el tumor que tienes es pequeño,  1.5 centímetros. Estamos hablando de un estadio II,  que no es un pronóstico malo ni bueno. Además, y gracias a Dios, parece que no hay tumor extendido ni ganglios afectados, de manera que eso lo vamos a poder manejar con éxito.

Sus palabras me suenan  a consuelo. El término “agresivo” se ha enquistado en mi cerebro y yo me siento más cerca de recibir las llaves de  San Pedro.

– Si estás pensando que te vas a morir, te digo que no te vas a morir– me dijo  la doctora como si adivinara mi pensamiento.

¡No te vas morir!  ¡No te vas a morir! Esa frase repicó fuerte en mis oídos. La doctora lo dijo con tal convicción que yo terminé creyéndole como si lo hubiera oído de boca del propio Dios.
– ¡Tú vas vivir muchos años!– me repetía siempre con una sonrisa, cada vez que le expresaba mis temores.


Con el diagnóstico HER2, estadío II, ahora sólo quedaba deshacerme del tumor,  pero al leer la orden para cirugía la  doctora había escrito "mastectomía"  a pesar que todo el tiempo me había hablado de extraerme solo el tumor. La mastectomía era una palabra mayor y eso, en  verdad, me causó pavor.

– Usted me dijo que sólo me iba a sacar el tumor, ahora me dice que me va hacer una mastectomía. Eso quiere decir que mi caso es grave– cuestioné.
!Nooo! Pongo mastectomía por si acaso, porque no sé con qué me voy a encontrar al abrir el seno. Es mejor pecar de exagerada. Además,  pongo así para que tu seguro asuma los costos si realmente llegamos a hacerte la mastectomía, es para asegurarnos, nada más.

Sus palabras, lejos de aliviarme, me dejaron con una gran  incertidumbre. Pensé que la doctora estaba ocultando mi verdadero  pronóstico porque era buena gente.

Un 26 de abril, acompañada por mis dos hermanas, tomé posesión de mi habitación en la clínica. Pocas horas después me trasladaron al quirófano,  donde una enfermera completamente uniformada de verde abre la puerta y ordena que pase. Ingreso a una sala helada y muy iluminada, pero también bulliciosa. No sólo escucho voces parlanchinas y risueñas, sino también una radio en alto volumen que transmite música romántica. Hablan, se ríen, y  yo no puedo evitar el impacto de esa escena. Sentí que era cruel  tener que ser operada así.
– ¡Tengo cáncer y estos están en pachanga!– pensaba desilusionada.

Tres personas, todas vestidas de verde y con la boca cubierta, me traspasan a la mesa quirúrgica. Antes que me acomode, alguien pone sus manos sobre mis piernas a modo de saludo. Literalmente me crucifcaron. Mis brazos y piernas quedaron inmovilizados por ataduras; tenía varios chupones adheridos al pecho, y en el antebrazo derecho  yacía clavada una aguja que iba  conectada a una bolsa de suero. El sueño parecía vencerme, pero resistía. Resistía presionada por ver a la Dra. Cueva, que demoraba en llegar. Diez minutos, veinte minutos, media hora….   El  sedante cada vez dejaba notar su efecto en mi cuerpo. Mis ojos se hacían pesados y mis labios apenas balbuceaban, pero antes que colapsara escuché unos pasos apresurados ingresando al quirófano.

–¡Buenas tardes, buenas tardes! Disculpen la demora! ¡Por favor,  dejen que mi paciente me vea!

Quienes estaban a mi derecha se hicieron a un  lado y entre sombras vi a la doctora saludándome con la mano. Sonreí aliviada, casi sin poder hablar, hasta que unos segundos después  sentí a la doctora subiéndose a un banquito lista para acuchillarme.

Saludó al personal que le asistiría, les preguntó sus nombres y tomó el control de todo. 

¡Esto va acá, acá y acá!–  dijo moviendo con absoluta destreza los chupones que estaban adheridos sobre mi pecho. 

Durante un par de horas no supe nada del mundo ni de la radio melosa que los médicos escuchaban. Al despertar me vi  pegada a una pared y en uno de los dedos de mi mano derecha noté encendida una luz roja como si fuese el dedito del E.T. 

Quería abrir los ojos y era imposible.

A medida que pasaban los minutos, fui recuperando la conciencia, y lo primero que hice fue tocarme el  pecho para comprobar si había perdido el seno. No había forma de saberlo,  tenía todo el torso envuelto con gasas y vendas.

Los dolores empezaban a apoderase de mi humanidad: me dolía la garganta, mis labios estaban resecos, me moría de sed y el dolor en el seno izquierdo no se hizo esperar.
–¡Ponle más analgésico!–  ordenó una voz.

Temblaba de frio y nadie parecía percatarse, pero alguien pidió una frazada para abrigarme.
– ¡Hola, soy la doctora  Cueva!– me dijo tocándome la mano–.  Ya te he operado, todo ha salido muy bien. No te he sacado el seno,  así es que tranquila. Sólo he  retirado el tumor. Después conversamos, ahorita tengo que ir corriendo al consultorio. En una hora te van a llevar a tu habitación y te veré allí en la noche.
Por mis ojos, que estaban enceguecidos por la anestesia, asomaron lágrimas de alivio. No podía decir nada, solo tuve fuerzas para decirle ¡gracias, doctora!
Publicado por Dione Blas, editora periodística de Senos Libres.


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