Mónica Cabrejos: "Ay, mi madre"

Esta nota forma parte de una de las crónicas más conmovedoras que se ha publicado en nuestro libro institucional "Mama, mía", la cual ha sido escrita por la comunicadora social y presentadora de televisión Mónica Cabrejos. Debido a la extensión de la misma, presentamos algunos extractos.

 Nuestra última conversación no la pude presagiar ni advertir. Vivía en un torrente constante de angustias económicas y emociones postergadas, las cuales no me permitieron darme cuenta que mi madre se estaba despidiendo de mí y de la vida, aquella noche del 15 de diciembre de 1994.
Mi falta de experiencia me hizo callar y guardar para el día siguiente, día que nunca existió, todo lo que debí decir mientras sostenía su mano morena. Aquella mano que por años me había soportado, acariciado, castigado y fortalecido durante mi corta existencia.
Fue la última vez que la vi con vida, que conversé con ella y recibí un beso tibio del hálito de vida que le quedaba, el cual – como toda madre- guardó para dárselo a su hija.  Después de esa noche no hubo más de ella. Debo reconocer que esas imágenes cada día son más borrosas, más tenues, menos claras e intermitentes.
Llegué a verla después del trabajo, siempre fingiendo tener el ánimo arriba, y llevándole esperanza de alivio.  Apenas me acerqué a ella, me miró con sus enormes y vidriosos ojos marrones mientras me decía, con premura, que me había estado esperando.  
"Mamita linda, perdóname por favor. Perdóname por no haberte dado la vida que te mereces   y por no haberte dado un buen padre, me equivoqué al escoger. Hijita, prométeme que tú y tu hermana se van a mantener unidas, no quiero que estés sola en el mundo, también prométeme que ya no me vas a llorar. Ya me voy, me siento muy cansada, ya me tengo que ir, mamita",  me dijo cogiendo mi mano.
Enmudecí por completo. Mis ideas estaban confusas, mis emociones alborotadas, sabía que sí me atrevía a hablar me echaría a llorar a gritos desesperados en sus brazos y le pediría que me lleve con ella, pero preferí acariciar su mano y guardar cobarde silencio.    


Rosa Alicia Vassallo Salazar, mi madre, recién había cumplido los 50 años cuando murió de cáncer. Siempre fue una mujer saludable y fuerte como un roble en todo el sentido de la palabra. Nunca la recuerdo resfriada, con una gripe o una infección estomacal; no la recuerdo siquiera quejándose de una jaqueca ni de un cólico de regla.   Jamás fue al doctor ni de visita, ni por curiosidad, y para ahorrar prefería curarse cualquier malestar con plantas medicinales, como en los viejos tiempos.  Pero tuvo que llegar el cáncer para, en un dos por tres, acabar con esa salud que parecía inquebrantable,  digna  de una chiclayana  de muy buen comer, que nunca supo de cervezas,  fiestas ni una trasnochada. Su único pequeño vicio eran los cigarrillos, los que no excedían los cinco durante el día. Siempre llevó una vida sana, ordenada y metódica, suficiente razón para su buena salud.
Era de carácter alegre, espontáneo y de risa fácil. Siempre tenía la respuesta precisa en la punta de la lengua con una rapidez mental envidiable; refutaba con alguna ocurrencia para algarabía y celebración de sus interlocutores. Con esa misma rapidez argumentaba, discutía e incendiaba cualquier conversación cuando alguien se atrevía a no estar de acuerdo con ella. Una mujer emocional, rica en corazón, noble de sentimiento y de pura pasión. Me divertía verla vivir, bailar o reír; disfrutaba con quererla y compartirla con el mundo, siempre tan apasionada, amorosa y espinosa como pocas.
¡Ay, mi madre! Siempre bailando mientras barría o lavaba ropa; silbando cuando cocinaba, añorando su tierra y su juventud cada vez que conseguía escapar del mundo de necesidades en el que nos tocó vivir.   Si algún talento tenía era su ingenio y gracia para adornar nuestra vida; una vida mísera, paupérrima y triste, pero ella tenía la capacidad de pintarla con su chispa criolla y vivaracha, y convertirla en una existencia normal, común y divertida.
Así transcurrió mi infancia entre colegios estatales, deudas de alquiler, recibos impagos de electricidad los cuales nos hacían vivir en penumbras por eternos períodos de tiempo. En mi casa podía faltar cualquier cosa material, menos afecto y mucho humor.   A pesar de ser una madre dedicada y afectuosa, jamás le tembló la mano para ponernos en orden y criar a dos hijas sola, con la esporádica presencia, una vez a la semana, de un padre.  No es tarea fácil para nadie. En definitiva tenía que ser estricta, disciplinada y exigente con nosotras, y aunque nunca dejó de ser tierna y engeridora, generalmente fue fuerte y enérgica en nuestra crianza. 


Un par de meses después de cumplir yo la mayoría de edad, los primeros síntomas de un deterioro en su salud eran notorios. Se cansaba al caminar, bajó mucho de peso, tenía un sueño constante y la pérdida de su dentadura era alarmantemente vertiginosa. Aquellos hermosos dientes perfectos, blancos y envidiablemente saludables, se iban cayendo como un castillo de naipes. Pese a eso,  ella jamás se quejó frente a mí,          quizás para no afectar el magro presupuesto que yo llevaba a casa y que  ella se encargaba de administrar con sabiduría.
Fiel a su estilo sacrificado, guardó en silencio todo malestar y síntoma que se evidenciaba en su cuerpo para evitarme más responsabilidades. Ella sabía que yo era en ese momento de su vida la única persona en la que podía apoyarse, pero también sentía vergüenza de no poder afrontar la situación en su condición de madre.
Ocultó,   quién sabe por cuánto tiempo, sus dolencias con tal de ahorrarme la intranquilidad. Sin embargo, en marzo de 1994, no pudo seguir escondiendo lo evidente.  Por su propia voluntad e iniciativa fue a un hospital público; ese día llevaba consigo los diez soles exactos para la consulta médica. no volvió a casa hasta un mes y medio después, cargada de dudas, temores e incertidumbres.  
La verdadera razón de su internamiento fue su baja hemoglobina. Lo normal en una mujer adulta oscila entre 11.5 a 14.5 gr/dl, mi madre tenía 3.5 gr /dl. Es decir, en cualquier momento pudo haber caído muerta en plena calle. Una anemia severa era la razón de su debilidad y los síntomas lo decían: palpitaciones, falta de aire y constantes taquicardias. También era la razón de su tristeza y abatimiento emocional.
Estuvo en en el hospital durante seis semanas por dos razones. La primera, fue para que los doctores logren revertir la anemia y, después, para saber porqué su cuerpo estaba perdiendo sangre. La segunda, fue porque no teníamos dinero para pagar el derecho a cama de todos los días acumulados.  
Cuando recuerdo esos días tan llenos de incertidumbre y angustia, no logró entender cómo soporté aquel ritmo de vida. No teníamos quién la cuide, ni asista; tampoco podíamos pagar las pastillas, ni los exámenes médicos, ni la habitación donde vivíamos. ¡Nada!
 Ningún dinero alcanzaba, ninguno de mis tres trabajos (cajera en una casa de cambio de lunes a viernes de 8 a 1 pm; cajera y mesera de restaurante de 2 a 8 pm, y viernes y sábados de 11pm a 5 am bailarina de un grupo de nueva ola. El salario no daba abasto para pagar las extensas recetas de hospitalización.
El único momento del día para visitarla en el hospital era después de las ocho de la noche, justamente cuando las visitas no estaban permitidas. Cada día era una pelea constante por lograr ingresar a verla y llevarle ropa limpia. Algunos días gritaba, otros suplicaba, rogaba, y otros tantos lloraba desconsoladamente parada en la puerta del hospital Loayza, confundida entre el insoportable humo de los microbuses y la indiferente mirada de los transeúntes. Pese a su delicado estado de salud, mi mamá seguía en su ley, siempre en busca de la perfección. La recuerdo con gracia cuando una mañana, aún hospitalizada y convaleciente, me dijo con el ceño algo fruncido:
"Hijita, mejor ya no me laves la ropa porque no lo sabes hacer, yo estaré enferma pero no voy a andar con la ropa percudida", me dijo cierta vez.
Siempre exigente, minuciosa y muy metódica. A decir verdad, jamás escobillaré la ropa como ella, con tanta dedicación y esfuerzo. Era capaz de lavar los cubrecamas de tigre a punta de escobillado y fregadera a mano, un sacrificio eterno.  
 Finalmente logré sacar a mi madre del hospital con el adelanto de dos sueldos de uno de mis jefes y clamando miseria absoluta a las asistentas sociales del hospital, quienes a regañadientes nos condonaron el 70 por ciento de la deuda. Si bien tenía mejor semblante, los doctores habían detectado varias extrañezas   en su cuerpo.  Organismos y comportamientos poco alentadores, por tanto fue enviada directamente al hospital de Neoplásicas, en Surquillo.    
Las palabras neoplásicas, cáncer y tumores no eran ajenas a nuestro vocabulario, pues mi tía Catalina (hermana mayor de mi mamá) murió de cáncer al pulmón en EE. UU unos años antes. Mi abuela materna   fue desahuciada después de practicarle una mastectomía simple en una de las mamas. Afortunadamente superó su pronóstico de vida de sólo tres meses por veinte años más.
Mi madre y yo teníamos una noción de lo que era el cáncer, de sus consecuencias mortales y también de las posibilidades de derrotarlo. Siempre optimista la alenté a emprender la tediosa etapa de los exámenes, biopsias, análisis y todo lo que concierne a un diagnóstico.
Trataba de alentarla mientras en mi cabeza cavilaba ideas como jugar la lotería y ganarla para costear la posible enfermedad.  Sin embargo ella, más realista que yo, prefirió, en un primer momento, dejarse llevar por su suerte y destino pues sabía que sí estaba enferma con cáncer no podríamos afrontar los costos del tratamiento.   Además, estaba cansada de luchar con la vida; se sentía culpable por no haberme podido dar educación, por cambiarme algunos años de juegos adolescentes por responsabilidades laborales; ese sentimiento de culpabilidad dinamitaba su ánimo, mellaba su fuerza y la obligaban a entregarse a su fatal destino. 
Cuando la enviaron a Neoplásicas los doctores habían determinado tres puntos álgidos en su cuerpo, donde probablemente hallarían cáncer: el estómago, los ovarios y los senos.   Había tumores   y alta probabilidad de la letal enfermedad. 
En un comienzo prefirió abandonarse a su suerte, después conforme su cuerpo se iba debilitando, cambió de parecer y empezó a visitar el hospital.  Ella no tenía un seguro de salud, así que era una paciente ordinaria y casi indigente. Las fechas de los exámenes eran bastante espaciadas, cada resultado era menos alentador. Si bien las voluntarias del nosocomio conseguían la exoneración de algunos pagos, había otros forzosos y perentorios por cancelar.
Entre tanto, yo pedía adelantos de sueldos, gratificaciones y préstamos a todo el que pudiera. Ella, por su lado, recurría a cuanto conocido o familiar recordaba para juntar el monto y realizarse los exámenes mientras que el dolor y la debilidad consumían su cuerpo y evaporaban su alma de tanto sufrir.
La primera biopsia positiva fue en el estomago y el golpe anímico fue severo.  Sentadas frente a una humeante taza de café y un bizcocho como cena (en ese tiempo sólo hacíamos dos comidas al día para ahorrar), me dio la triste noticia. Me quedé petrificada con la mirada puesta en el café, evitando el brote de mis lágrimas. Ella lloraba con tranquila resignación.
"Tengo cáncer en el estómago, mamita", me dijo mientras ahogaba sus lamentos con su mano. 
 No tuve palabras, sólo unas inmensas ganas de romper en llanto y abrazarla pero contuve en aras de la fortaleza que ella necesitaba.  Tal cual me había enseñado, siempre de pie, fuertes y sosteniéndonos la una a la otra. Era su turno de ser débil y lo entendí. Reduje todos mis miedos para luego prometerle que se curaría y todo sería como antes. 
Mientras tomábamos el café más amargo de nuestras vidas, me explicó lo dicho por los doctores. El tumor era aparentemente extirpable (con parte del intestino) a través de una operación de alto riesgo, pero antes de ponerle fecha a la intervención deberían confirmar otras sospechas como la existencia de otros tumores cancerígenos en los ovarios, seno y en la cavidad bucal.
Nuevas biopsias, nuevos gastos y más incertidumbre.    
Ante ese evidente diagnóstico, que en buena cuenta era un cáncer generalizado, ella tenía algunos apuntes importantes por hacerme. El principal fue la certeza de su muerte.
Afirmaba, aseguraba y toleraba la idea del fin.  Una consumación cercana, súbita y consentida.
"Déjame morir, hijita. Estoy cansada de luchar, es lo mejor para ti. Quizás Dios quiere que me vaya con él para que ya no sufras más, mamita linda", me decía con ternura.
 Mientras ella daba por hecho su fallecimiento, yo me negaba rotundamente a la idea.  Me resistía a imaginarme siquiera la vida sin ella, sin su amor, sin su cariño, sin su risa, sin su alegría.  Le juraba que no iba a morir, le prometía una lucha comprometida por costear la enfermedad y la animaba a seguir en pie de guerra contra el cáncer. 

Senos Libres

5 comentarios :

  1. hermoso simplemente hermoso .......................

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  2. Muy triste, pero real en America Latina desafortunadamente no contamos con los medios economicos suficientes para enfrentar una situación de cancer.

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  3. Es verdad. La nota en si integridad es muy dramática, no solo por la enfermedad, sino por cómo sobrevieron ambas para lidiar con este mal. Quienes estén interesadas en el libro, podemos enviarles si pagan ustedes los costos de envío (correo, medio de transporte, avión, etc). No cobraremos el costo del libro. Pueden contactarnos en el e-mail: senoslibres@gmail.com

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  4. Nunca tuve una buena imagen de esta mujer pero no sabía lo dura que había sido su vida y ahora entiendo! Qué luchadora!! Es verdad lo que comentan, es una realidad en América Latina, pienso que nadie debería morir por falta de plata, que horrible! Los medicos, el gobierno, todos deberíamos apiadarnos de las personas que sufren y que mueren solo por no tener medios para pagar un tratamiento. Que lamentable! Que Dios tenga en su gloria a su mamita y la ayude en su lucha contra el cancer.

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    1. Sí, a veces prejuzgamos por su vida pública, pero en lo privado hay dramas ocultos. Este es un gran testimonio.
      Por suerte, ahora, ninguna persona en condición extrema o de cualquier condición social, debe morir por falta de acceso a los servicios de salud. Con el SIS hay atención 100% gratuita en temas de cáncer. Incluso el Plan Esperanza puede cubrir trasplantes de médula ósea en el extranjero. Por lo menos en eso hemos mejorado, aunque es es verdad que los hospitales y Neoplásicas colapsan y los turnos de atención tienen tiempos de espera prolongados. Pero la quimioterapias, los exámenes y el tratamiento en general está garantizado con una cobertura de 5 mil soles renovables. Cuidate.

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